"Contra la estupidez, hasta los dioses luchan en vano", dijo el clásico. Nadie podrá sentirse ajeno a meter la pata, la gamba o la mano en cualquier momento de su vida, pero preciso es reconocer (o sea, darse cuenta) cuando ello ocurra y procurar poner pies en polvorosa, remedio, justificación o mea culpa, porque "nada es más peligroso que la ignorancia sincera y la estupidez concienzuda", o dicho de otra manera, "nadie está libre de decir o hacer estupideces, lo malo es decirlas o hacerlas con énfasis". Aunque sabemos que "la ignorancia puede ser curada, pero la estupidez es eterna", se trata de evitar en la medida de lo posible la primera, para así poner algunas trabas a la segunda. Aunque algunos, ni por esas: "La cultura me persigue... pero yo soy más rápido".
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Es una enfermedad contagiosa que una vez que entra ya no sale.
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