Blog personal crítico y variopinto (con música al fondo)

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viernes, 5 de agosto de 2016

DEPORTES AGONIZANTES

Aquel sacerdote vestido de joven deportista, chándal blaugrana y pantalón blanco, llamó decidido a la puerta del palacete, cuyo letrero iluminaba la vacía y oscura calle: “Ministerio de Deportes – Gobierno de España”.

—Buenas noches. ¿Es aquí donde se requieren mis servicios?
—Pase, le están esperando.

El cura, con paso presuroso, traspasó el umbral de la chirriante puerta y en cuatro zancadas (se notaba que físicamente estaba como una moto) entró en el despacho del Ministro de la Cosa.

—Siéntese un momento, mosén. Le hemos requerido urgentemente porque, como ya sabrá por la Biblia y por la Constitución, las crisis se presentan de improviso y sin llamar. Trabajamos para evitarlas pero, cuando menos se las espera, zas, las tenemos encima de nuestras carteras. Recuerdo la última, aquella del trienio 2008-2012, que fue especialmente dura. Acabó con escuderías, clubes de fútbol, equipos de baloncesto y por poco acaba con nosotros. Menos mal que luego llegaron los buenos tiempos y nos pillaron aquí, en el Ministerio, donde siempre tenemos calefacción y agua corriente. Las penas, ya se sabe, con pan son menos. Pero no sé porqué le cuento esto, padre. Dígame a qué ha venido…
—Usted sabrá, míster. El obispado me ha dicho que viniera corriendo a la calle del Tribulete nº 7 donde decían, textualmente, que hay varios deportes en estado moribundo, agonizante y que deberían palmarla con la bendición apropiada. Corría mucha prisa, al parecer, y han solicitado mis servicios. Por si no lo sabe soy record mundial en los 400, 800 y 3000 metros en las últimas Olimpiadas Religiosas organizadas por el COI y la ONU, en colaboración con el Vaticano. Explíqueme concisa y brevemente el estado de la cuestión, quiero decir, de la agonía.
—Le agradezco su prontitud. Francamente, le esperaba para mañana por la mañana dada la tranquilidad de ánimo y espíritu con que ustedes se toman estas cosas. Más o menos como nosotros… Pues verá: tenemos varios deportes que están de capa caída desde hace lustros y hoy ya han dicho basta. No tenemos fichas federativas ni bicho ambulante que los practique. Se han convertido en muertos vivientes y es hora de darles el finiquito espiritual. La gente ya no los practica porque no dan dinero, necesitan ímprobos esfuerzos y sacrificios y no hacen famoso ni rico al que los cultiva. Son deportes que ya no cuentan con personal federado. Se practican sólo por algunos locos de atar, en plan popular y dominguero. Ya no son negocio ni dan que hablar. Le hablo del atletismo y de la natación, en todas sus modalidades. Le hablo de la gimnasia y de la pesca (por falta de peces: todos están ya pescados). Me refiero a la esgrima, al ajedrez (el personal se cansó de pensar) y, en general, a todos los deportes individuales o de equipo con pocos componentes.
—Sí que es grave el asunto, sí. Ya sé que al atletismo profesional nadie se dedica salvo un servidor y unos cuantos locos más, que lo practicamos sin oficio ni beneficio, salvo el divino. Pero yo pensaba que la natación sería otra cosa…
—La gente se aburre metida tantas horas en el agua. ¡Si al menos fuera cerveza!, dicen algunos. Comprenda que eso sería un sacrilegio… Ha desaparecido ya la hípica (por falta de caballos y de caballeros). También los deportes de rítmica, demasiado violentos. No digamos los de lucha: nadie quiere que le rompan la cara por cuatro euros y sin Seguridad Social que corra con los gastos de la cirugía estética. Todavía, aunque muy viejecitos, vegetaban algunos atletas y nadadores. Ayer se murió el último practicante que aún nos quedaba en los 3000 metros obstáculos. Tenía el pobre la friolera de 84 años: un obstáculo insalvable. Ya me dirá: si no hay nuevas generaciones que tomen el relevo, nos vamos a la miseria. Yo mismo llevo en el Ministerio más de 20 años y cada día que pasa tengo menos gente y deportistas a mi servicio. Van cayendo como moscas. El fútbol, sin ir más lejos, con aquella funesta crisis se convirtió en un deporte de elite al que sólo llegaban deportistas de fuera. Nuestra gente acabó por hartarse de tanta pelotita. Le llamaron la burbuja futbolera. Un día explotó de aburrimiento y ya sólo acuden a los estadios los nostálgicos y los turistas. En este país, sabe usted, le damos bastante al pendulazo…
—Sí, dígamelo a mí, que un año soy reclamado por todo el mundo como si fuera un artista de cine y al siguiente me corren a gorrazos. Pero dejémonos de cháchara y veamos a los agonizantes para extenderles la extremaunción.

El viejo Ministro y el joven Cura salieron del despacho consolándose el uno al otro, ojos llorosos y moco tendido. Abrieron la puerta del estadio polideportivo que había anexo al Ministerio y, desolados, comprobaron que allí no había nadie. Por no haber no había ni ácaros del polvo. El sacerdote sacó de su chándal un bote de cristal lleno de agua de Lanjarón (una bendición para quien pudiera pagársela), lo abrió y esparció el líquido consolador por todas las dependencias. Se podía cortar el silencio. Aquel momento era histórico. Unas gotas de H2o cayeron sobre la pista de carreras, sobre la vacía piscina, sobre el parqué del gimnasio.

—Todo tiene su principio y su final –habló el sacerdote con voz emocionada-. Tantos esfuerzos en el siglo XX y XXI para acabar en esta desolación en el XXII. Menos mal que unos deportes mueren y otros nacen, como la cría del salmonete. Señor Ministro del Deporte, le acompaño en el sentimiento. Son 50.000 euros y la voluntad.
—Voluntad tengo mucha, amigo, pero euros ninguno. Pese a ello, hemos llegado hasta aquí, gracias a Dios. Permítame darle un abrazo por su generoso esfuerzo y tiempo.

Se fundieron en un solo hombre. El silencio siguió cortándose como si fuera una rodaja de salchichón. Más de dos siglos de historia finalizaban en esos momentos, modesta y oscuramente. Sólo nosotros estábamos allí, escondidos tras una puerta, para presenciar el dramático momento.

lunes, 1 de agosto de 2016

A VECES LLEGAN CARTAS

"Señor Puñetas. Le escribo estas 1.073 palabras para exponerle mi caso, bien curioso e increíble. Recurro a usted porque presiento que es el único que será capaz de publicarlas. Y es que le sigo desde hace tiempo y presiento que mi carta hasta le hará ilusión.

Soy aficionado al fútbol desde mi más tierna infancia gracias a un ama de cría que era fiel seguidora de aquel Real Madrid de Di Stéfano. Con este simple dato ya adivinará dos cosas: que yo era un niño rico y que ahora soy un viejo a punto de palmarla cualquier día. Mis padres eran empresarios de alto copete y casi siempre estaban de viaje fuera de España así que bien se puede decir que yo me crié a los pechos de Humberta.

En aquellos años ser del Real Madrid era lo más natural del mundo porque ganaba como rosquillas las Ligas y las Copas de Europa y eso siempre gusta mucho al personal, sea rico o pobre. Quizás si el equipo triunfador de aquellos años hubiera sido uno de Ciudad Real, todos hubiéramos sido seguidores del club manchego. Quiero decir con esto que la gente suele apuntarse siempre a caballo ganador. El otro día escuchaba decir a un embajador extranjero en España que, además de creer en la religión mayoritaria de su país, tenía también una religión laica: el fútbol. Y afirmaba, muy serio, que lo único que nadie cambia en la vida es a su madre y a su equipo de fútbol. De esto precisamente quería hablarle.

Contradiciendo al embajador, debo ser el único ser vivo de este planeta que ha renegado de su madre (de hecho la he cambiado) y de su antiguo equipo del alma (de hecho me he pasado a la otra orilla). Como ya puede imaginar, de padres tan descastados con su hijo sólo pudo crecer un chaval resentido contra el dinero, el mercado, los viajes al extranjero y todo lo que acompaña a la gente que presume de poder, gloria y pasta gansa. Como era un mozo inteligente, tras acabar los estudios universitarios, rompí con mis padres originales y adopté como madre a Humberta. Intenté devolverle todo el cariño y amor que me había dado desde zagal, pese a que mis progenitores le pagaban una miseria. Me costó muchos quebraderos de cabeza aquella decisión tan insólita pues quise que se borrasen todas las huellas burocráticas que me unían con mis pésimos padres. No lo conseguí y, mucho menos, que apareciese como “mi” nueva madre aquella santa mujer que siempre había estado a mi lado desde pequeñito. Por supuesto que me desheredaron los muy canallas, pero a mí el dinero, plim. Yo, con un bocadillo de calamares ya estoy más contento que unas castañuelas. Y a mi nueva madre, le basta y sobra con verme feliz así. (Bueno, y con otro bocata, pero de mortadela).

Tomada tan crucial decisión (la de cambiar de madre y abandonar al padre), decidí emprender mi segunda gesta: cambiar de equipo de fútbol. El Real Madrid seguía cosechando éxitos, al menos en España, pero me parecía que, ahora que yo ya era un buen mozo, aquel seguidismo era absurdo: nada me unía al Paseo de la Castellana ni a Madrid ni a aquel equipo de gente bien. Empecé a cabrearme cada vez más con las cosas que se hacían en el club, con sus políticas erráticas, con la añoranza de tiempos más esplendorosos. Estuve en un tris de abandonar el fútbol como religión laica, pero pensé que de algo tendría que hablar con mis amigos y colegas. Aquello era demasiado sacrificio. Así que una tarde de invierno en que caían chuzos de punta en la calle me armé de valor y le dije a mi madre (la nueva):

—Mamita, tengo algo muy importante que decirte. Tú me inoculaste el amor por el fútbol y por el Real Madrid. Sí, ya sé que seguías la tradición de tus hermanos y hasta de tu padre. Yo la he mantenido estos años pero ya no puedo más. Necesito cambiar. Ya no me siento emocionalmente vinculado con ese equipo. Respecto a él tengo las mismas sensaciones que con mis padres nativos: indiferencia, un puntito de rencor, nulo interés personal. He pensado, ya que no puedo dejar de lado el fútbol por imperativo social y profesional, en pasarme a un equipo más cercano a mis ideas progresistas, a mis ideales de comunión con los pobres de la tierra, a mi cercanía a un ser a quien quiero mucho, ya sabes, mi novia… En fin, quiero decirte, mamita, que lo tengo ya decidido: mi nuevo equipo va a ser el Bollollos C.F.

Aquella decisión mía le costó una semana de lloros a mi madre adoptiva. No quería verla sufrir pero mi cambio de equipo ya estaba decidido. De modo que Humberta, que seguía siendo una fiel seguidora del Real Madrid, comprendió que no merecía la pena darse tanta llantina por nada. Me seguiría queriendo igual, fuese yo del Bollollos o del mismísimo Barcelona. Eso me dijo con enorme ternura. Y añadió, con una pizca de retintín, que no me restregaría los triunfos de su equipo ni las derrotas del mío.

Ya ve, señor Puñetas. Hay vida inteligente en este planeta, aunque no mucha. Yo puedo presumir de haber cambiado de madre y de equipo futbolero usando la razón, los sentimientos y cierto arrojo quijotesco. Y no me ha pasado nada. Sigo feliz, tengo buena salud dentro lo que cabe, almuerzo todos los días (alguno que otro cae un bocata de jamón ibérico) y contemplo la vida con el distanciamiento suficiente para no amargarme el espíritu ni provocarme una úlcera estomacal por no haber ganado la Liga o la Champions. El Bollollos C.F. está en categoría regional y de vez en cuando acudo a verlo al campo de tierra donde sus chavales intentan emular a los Ronaldo, Messi y compañía.

Espero que publique esta carta a ver si más seres inteligentes siguen mi ejemplo y cambiamos un poco la rutina acomodaticia de este puñetero mundo. A veces sueño con que varios miles de culés se hacen merengues y viceversa. Lo malo es que los sueños, casi siempre sueños son. Qué le vamos a hacer si el mundo está lleno de gente conservadora, pero que muy conservadora…"

viernes, 1 de julio de 2016

CRÓNICA POLÍTICAMENTE CORRECTA DE UN PARTIDO DE FÚTBOL


Tan modernos y apegados a las sanas y santas virtudes, hemos optado por seguir hoy las directrices de la feligresía que bebe en las aguas tibias y saludables de la perspectiva de género, sea desde el punto de vista ecologista, polítiquero, educativo o, como en este caso, deportivesco. ¡Basta ya de invisibilizar a la mujer mediante la vulgar estratagema de usar palabras masculinas que, como todo el mundo sabe, representan sólo al hombre!

El machismo decimonónico se va a acabar y nosotros estamos dispuestos a poner una pica en Flandes y en Calatayud para colaborar en tal fin aunque, pese a nuestros ímprobos esfuerzos de macho renegado, no tengamos de recompensa más que el desprecio de nuestros colegas de sexo y el ninguneo de las comadres del género. Aquí presentamos, en primicia mundial, la primera crónica de un partido futbolero (desgraciadamente, un deporte de hombres al que pocas mujeres critican, incluidas las feministas) usando la perspectiva lingüística de género y génera.

Ayer disputaron la partida número quince de la competición liguera (hemos eludido escribir “decimoquinto” por soez y masculinoide, así como la palabra “campeonato”, que tiene viejas reminiscencias de Chindasvinto, o sea, de lejanas épocas requetemachistas del copón hermoso) las principales escuadras futboleras (me niego a escribir “los equipos”, porque se da a entender que sólo los forman machotes) de las ciudades de Madrid y Barcelona (comprendan que no podemos escribir, sin que se nos salten las lágrimas, nombres tan aceradamente hombriles como “el Real Madrid y el Barcelona”). La organización madridista y barcelonina se enfrentaron a cara de perra en una confrontación que provocó la emoción delirante de las multitudes que pudieron seguir la cumbre futbolística clásica por tierra, mar y atmósfera (espero que entiendan que “aire” es una palabreja que no nos cae nada simpática, por razones obvias. Aprovecho para comunicarles que cambiaré todos los nombrajos masculinos y machurrinos que habitualmente se escriben en estos pormenores de la pelotita. Quedan avisados y avisadas).

Las personas que juegan al fútbol (antes se decía “los futbolistas”, término deleznable desde nuestra perspectiva de género) estuvieron como es habitual en ellas: deslumbrantes, grandiosas, fantásticas, inmejorables y chiripitiflaúticas. La partida fue una monada de jugadas primorosas llenas de ternura y pacífica convivencia rival, como es loable en una confraternización futbolera de la más alta alcurnia. (Obsérvese que vamos aprendiendo sobre la marcha y ya nos salen de manera espontánea y natural palabrejas no sexistas, lo cual redunda en la fluidez de la crónica). Transcurridas diez vueltas de la aguja relojera (lo de “diez minutos” debería pasar al desván de la historia, por deleznablemente viril) esa bellísima persona que juega al fútbol y que responde al nombre de Messi, hizo una de sus clásicas jugadas desternillantes y abracadabrantes plantándose ante la nariz de Casillas. Entonces disparó con su pierna buena, buenísima diríamos las gentes que admiramos su buena estrella y sesera, y la pelota fue mansamente a las redes de la portería. Una penetración en toda regla aunque no suficiente para el orgasmo culé (sentimos no tener a mano una palabra menos androcentrista pero es que el macho ibérico y mundial es así, siempre pensando en lo mismo…) pues en menos que canta una gallina esa magnífica persona que juega al fútbol y que atiende al feísimo nombre de Cristiano fabricó una bicicleta marca de la casa y acabó con las ínfulas de victoria de la chiquillería de Guardiola, esa persona que entrena a la muchachada barcelonina.

La partida transcurría entre gritadas en las gradas y caricias en la hierba (“césped”, por ser de género masculino, debería desterrarse del vocabulario no sexista) cuando la persona encargada de dirigir aquella fiesta futbolera (¡a ver cuando demonias arbitran mujeres en la Liga, coña!) pitó la pena máxima (“un penalty”, qué horror) a favor de la triada arbitral (dónde va a parar la belleza semántica de nuestra propuesta de “triada” frente a la memez varonil de “trío”). La escandalera que se montó en la campiña (córcholis, pareciera que “el campo” sólo es patrimonio de los machotes) fue de las que hará época. La gente empezó a protestar, los homínidos con truculentas palabrotas de cabreo y enfado, las homínidas con sensibles muestras de rabia y furia. Entonces, y sólo se llevaba media hora de partida, la policía nacional tuvo que entrar en las instalaciones futboleras e implantar la situación de alarma (sólo a los androides se les ocurre decir “el estado de alarma”). En esas circunstancias la población allí presente comprendió que toda aquella parafernalia se hacía por su bien mientras que la triada arbitral fue llevada a la comisaría donde ahora, bajo la atenta mirada de varias generalas de las Fuerzas Armadas, aguarda la sentencia de las juezas de la Junta de Competición (antes vulgar y sexistamente considera como “Comité de Competición”). Y es que no se puede permitir que a la población le tome la pelambrera (otrora, “el pelo”) una minoría, por muy preparada e importante que sea.

La partida prosiguió tal y como si no hubiera pasado nada pues la arbitrada de la misma pasó a manos de la Junta Arbitralota, quien tenía ya preparada la reposición de la triada insurrecta gracias a las buenas manos y bocina (“pito” es un palabro detestable, se mire por donde se mire y se toque por donde se toque…) de Paquita la justiciera. Sólo ella se bastó para reducir a cenizas la escandalera de la grada y la campada. Sólo ella fue capaz de reconducir aquella confrontación de machos grasientos y violentos en una francachela la mar de exitosa, populachera y guay del paraguay. Hasta el punto en que toda la gente acabó dándose besadas y manoseadas hasta que llegó la final de la orgía (perdón, la final de la partida) con el resultado de empate a nada, una resultada justa y proporcionada a las ganas desplegadas por ambas escuadras y sus aficiones respectivas.

Paquita fue despedida con una salva de “viva tu madre” y “vivas tú”que le provocó una gran irritación pues una mujeraza como ella no puede permitir que le señalen a la madre así como así, con tonos claramente machistas-fascistoides, de modo y moda que declaró militarizada a toda la gradería hasta nuevo aviso. Allí están las cien mil gargantas y las dos docenas del personal que juega: esperando que a la más alta autoridad militar le dé por tomar una decisión contraria en cuanto le salga de las gónadas. Y en esas estamos con esta partida clásica de la futbolería española que, por un exceso de machismo por culpa de la gran masa, adocenada siglos y siglos por unas elites androcentristas, acabaron por convertir una gran fiesta de paz y bonhomía en una vulgar y soez mamarrachada final. Hasta que los machos no sean también madres debería estar prohibida esa palabra tan claramente discriminatoria para con las mujeres de bien.

domingo, 29 de mayo de 2016

UNA FINAL DE CHAMPIONS INOLVIDABLE

Cuando Toño, el nuevo fichaje del taller mecánico en que trabajo, me invitó a su casa para presenciar la final de la Champions en su televisión SuperPlus-MegaK y en Híper Definición, mis ojos me hicieron chiribitas. No por nada, pero el tío se casó hace tres meses y me cuentan otros compis del taller que su chavala está de pan y moja. Así que como no tenía mejor plan, a las ocho de la tarde y con una botella de un buen Rioja en la mano, me presenté en casa de Toño. En aquellos momentos estaba solo el gachó. La mesa ya estaba preparada, con sus velitas y todo. Y su moza en el baño, dándose una ducha, pues acababa de llegar del curro.

—Trabaja de dependienta en el Corte Inglés. Ahora la conocerás en cuanto acabe de ponerse cómoda.
—¿Y qué tal te va en la nueva vida de casado? –le pregunté para ir entrando en confianzas pues yo con el Toño, como es nuevo, apenas he tenido mucho palique.
—Estoy que me salgo. Más o menos como Cristiano, Oblak, Sergio Ramos o Fernando Torres.
—Mira qué bien –le repliqué, envidiosillo-. Pues yo ni entro ni salgo sino todo lo contrario. Más o menos como el Barça…

En estas que apareció Yolanda, que así se llama la parienta del Toño. Señores, ¡qué moza! Tipo Ferrari, con una carrocería último modelo, aunque no sé yo si los neumáticos serán naturales o recauchutados. Me saludó guiñándome un ojo, la muy salerosa, y a mí sólo se me ocurrió decir, fruto de la impresión…

—¡Jodéee….!
—¡Eso –replicó Toño-, los vamos a joder vivos a esos proletarios del Atletico!

Nos sentamos en el sofá y yo ya no sabía a donde mirar, si a la tele megaguay donde el HD me presentaba el campo como si yo estuviese allí dentro, si al bigote del Toño que no paraba de moverse masticando chicle o a los neumáticos de la Yolanda, aunque sus cachas –semidescubiertas al sentarse en el sofá- invitaban también a no perdérselas de vista. ¡Jodé, no se pueden comparar las piernas de Cristiano con los jamones de una buena moza, por muchos goles que haga el amigo! Cuando llegó el gol tempranero de Ramos, empezó la fiesta. Pareciera que el golete en fuera de juego del capitán merengón hubiera transformado a aquel par de tortolitos en una pareja de empalagosos cretinos. Se pusieron tan contentos que empezaron a darse besos en los morros en plan película X y a decirse cursiladas tales que aquella escena era de una imbecilidad sorprendente e inesperada:

—¡Ramos, guapín, quiero un hijo tuyo! –empezó a gritar y saltar la Yolanda, con tal alborozo que pensé por un momento que se quedaría con las domingas al aire.
—Nena no me quiere, yo enfadarme –le dijo algo mosqueado el Toño.
—Pero tontín, si sólo es una frase hecha… -replicó su amorcito, dándole un ósculo (para los de la ESO: beso) en todos los morros.

Aquello fue el pistoletazo de salida y no sé si para congraciarse el uno con la otra o porque los dos son así de imbéciles en la intimidad, empezaron a mezclar el partido con su amorcillo.

—¿Cuántos goles me vas a meter esta noche, Toñoño mío?
—Tantos como meta el Madrid, pichurrichona mía…
—Ay, qué bonito, Toñito…, mi principín guapetín…
—Hum, que te como tu salsita pichurritita, mamita mía!

Juro por San Cucufato que nunca he visto un partido más desconcentrado por culpa de aquellos dos mastuerzos. ¿Puede el presunto amor y el gol de un defensa central transformar a dos seres aparentemente normales en dos monstruos del cretinismo y la idiotez compartida? La pareja cursilona y relamida me estaba amargando la final mientras que ellos no paraban de toquetearse y de decirse chorradas. Así que en cuanto llegó el descanso simulé horrorizado que me parecía que había dejado abierto el grifo de la bañera y que tenía que regresar urgentemente a mi piso a cerrarlo. La tontícola pareja, deseosa de dar rienda suelta a sus azucaradas querencias (a ello también ayudó el que se zumbaron todo el Rioja en un pis pás) me pidió que, antes de irme, cortara la tarta que habían comprado para festejar la victoria madridista.

—No queremos que te vayas sin que participes de la tarta victoriosa, porque este partido lo ganamos por dos cero, monín... –me dijo la señora del Toñoño.
—Espérate que el Atlético se ponga las pilas y saque el hacha de guerra –repliqué para joder un poco la marrana…
—Ganaremos por tres a uno –me replicó el señor de la pichurrichina-, el segundo lo meterá Cristiano y el tercero Bale. Ya lo verás si es que no tienes en casa a los bomberos achicando agua… Anda, corta la tarta y tómate un trozo antes de irte.
—Pero no le hagas mucha pupa al pastel –dijo melosa aquella tipa, más buena que el pan pero más tonta que una cebolla.

Y Toño me dio el cuchillo. Su mujer y él se volvieron de espaldas para no ver el navajazo que yo iba a darle al pastel. En esos momentos me entró un cabreo que ríanse del que tenía Simeone y todos sus chicos por ir perdiendo. Mi cabeza se llenó de sangre, mis ojos se salían de las órbitas y el cuchillo en mano invitaba a segar los pescuezos de aquel par de gilipollas. Afortunadamente recobré la calma pensando que por culpa de Sergio Ramos podría salir en los periódicos y entrar en la cárcel. Partí el pastel en varios trozos, los repartí a aquellos idiotas y me despedí a toda prisa mientras me saludaban abrazados (él tocándole el culo a ella) diciendo:

 —¡Nos vemos en la próxima final de Champions!
—¡Y una mierda! –dije sin que me oyera aquel par de pollitos tan cretináceos.

viernes, 20 de mayo de 2016

EL VENDEDOR VENDIDO

—Buenas tardes, señor. ¿Quiere que le informe de algo? ¿Está interesado en algún modelo en concreto? ¿Desea acogerse a la promoción del mes?
—Pues… yo… afuera está lloviendo en plan diluvio universal y he entrado aquí a esperar que escampe. Simplemente estoy curioseando…
—¿Algún televisor de última generación? Precisamente hoy acaban de llegar unos de China a precios súper baratos…
—Ya tengo televisor. Le decía que sólo estaba curioseando…
—Le entiendo, señor, pero a mí me pagan por informar a los clientes para que compren con calidad y buenos precios.
—Sí, ya sé cual es su función pero le decía que simplemente…
—Veo que se le van los ojillos por nuestros monitores de ordenador. ¿Desea que le informe sobre las diferentes marcas y modelos?
—Bueno, ya que estoy aquí, quizás no sea mala idea charlar con usted un ratito y que me aconseje sobre cual es el mejor monitor para mi ordenador. Estoy pensando en cambiar el mío, más antiguo que el baúl de la Piquer.
—También tenemos el baúl ese, por si le interesa…

(Aquel dependiente tan pelmazo trabajaba en unos grandes almacenes de fama internacional. Se notaba que había sido adiestrado muy tenazmente en la caza y captura del cliente. Agarrada su presa —aunque estuviese allí por casualidad— iba a ser difícil salir ileso de la situación. ¿Quién no tiene algo que comprar, anda tras un regalo o se deja llevar por unos minutos de debilidad y se permite un caprichito? El tipo era joven, bien trajeado, agresivo comercialmente aunque muy educado. Yo debía ser su próxima víctima propiciatoria…).

—Olvídese del baúl. ¿Por qué no me informa sobre lo último de lo último en monitores de HD? Quién sabe si me da la ventolera...
—Precisamente ha dado usted con el comercial más adecuado. Puedo informarle con detalle de lo mejor de lo mejor pero, yendo al grano, yo me quedaría con este BOC de alta gama. Tiene 23 pulgadas y ya ve como se ve: de maravilla. Además, tiene un precio muy asequible. Sólo 200 euros, que podrá pagar en 12 cómodos plazos y sin intereses.
—Demasiado barato. Yo buscaría algo de más calidad…
—Bueno, si puede estirarse en el presupuesto yo me inclinaría por este GL de 24 pulgadas donde la nitidez y la calidad de imagen es difícilmente superable. Aunque, si ya prefiere irse a lo más alto de la gama le recomiendo este PH, con él podrá flipar todo lo que quiera. Lo puede poner en vertical, en horizontal y la luminosidad se auto regula con una célula fotoeléctrica que tiene en la webcam. El GL vale 330 euros y éste PH le sale por 430, pero quizás le merezca la pena si usted busca la máxima calidad y el mayor confort para sus ojos…
—Pues no parece mal trasto, oiga… ¿Y también lo puedo pagar a plazos y sin intereses?
—Sí, claro. Es un modelo que se está vendiendo mucho, casi nos lo quitan de las manos porque no hay nada en el mercado que, a ese precio, le supere. Le alabo el gusto por escogerlo. Precisamente yo tengo uno en casa desde la semana pasada y le puedo asegurar que es una gozada navegar por internet o ver las fotos familiares o una película. Una maravilla, señor.

(El tipo era listo, sin duda. O sus jefes le habían preparado a conciencia. Halagaba mi ego, me equiparaba a los mejores clientes y a él mismo y las condiciones de venta eran buenísimas. Pero uno es un comprador bastante tiquismiquis…)

—Me gusta, sí que me gusta… pero quisiera más información técnica. No sé, especificaciones de color, datos sobre el consumo, conocer si cumple la normativa de cero mercurio o halógenos… Ya sabe, esas cosas de las que nadie informa porque no tiene ni idea…
—Ejem…., bueno, eso ya son palabras mayores… Comprenderá que yo no puedo saber las características técnicas de todos los modelos…
—Bueno, usted me ha dicho que era el comercial más adecuado en esto de los monitores…
—Y lo soy, señor, pero yo también tengo mis limitaciones… Los monitores entran por los ojos y los clientes no suelen preguntar esas cosas. Se fían de nuestra palabra y de nuestra información y si no quedan satisfechos, ya sabe, le devolvemos su dinero…
—Ya, pero es que yo soy bastante especial para estas cosas, ¿entiende? Me gusta comprar poco pero a conciencia, sabiendo lo que compro para adaptarlo a mis necesidades y gustos. ¿No tendría algún folleto explicativo emitido por el fabricante y que diga algo sustantivo?
—Qué va, señor. Fabrican tantos modelos diferentes que ya pasan del tema. Quizás en la internet consiga alguna referencia determinada pero no es fácil ni fiable… Me temo que tiene usted que hacer un acto de fe. En esta compra y en otras muchas. Con nosotros tiene la garantía de probar y de devolver…
—Entonces, ¿no puede informarme de más cosas del monitor aparte las que se ven a simple vista?
—Usted lo ha dicho, 24 pulgadas, 3 puertos USB, garantía de un año y un color negro cromado muy bonito…
—Pero al menos podrá decirme el modelo concreto de monitor…
—Ah, eso sí, espere que miremos por la carcasa… Sí, el modelo PT7456mc. Fácil, ¿verdad?
—Sí, veo que los fabricantes no se estrujan mucho el cerebro poniéndole nombres llamativos y recordables a sus aparatos. Igual que fabrican monitores u otros artefactos, podrían fabricar chicles, chupetes o patatas de plástico. Pero, ¿me ha dicho el PT7456mc?
—Creo que sí… ¿Voy preparando la factura?
—Pues va a ser que no, amigo. Ahora que recuerdo este modelo pesa 9,89 kilos, por lo que es demasiado pesado para lo que busco; su resolución en diagonal es de 1920 por 1080 cuando yo quiero un 1920 por 1200 puntos; tiene un brillo de 400 cd/m2 que es de lo mejorcito del mercado pero a precio de oro; su contraste dinámico tiene una ratio de 3000 a 1. Bastante mejorable, oiga. Su tiempo de respuesta de 3 ms no está mal pero busco un 2 ms. Sus altavoces, eso sí, son muy contundentes, con 3 W RMS escalofriantes pero no me interesan, ya tengo unos separados que son la leche. Dispone de conexiones HDMI, VGA y audio IN pero mi ordenador precisa la DVI, que le falta. Como usted decía, puede pivotar y es regulable en altura pero todas estas virguerías le acercan a un consumo de 70 W, demasiado para mi maltrecha economía. ¿Quiere que le informe de algo más, señor?
—Ejem…

(Al pobre comercial se le iba y venía un color detrás de otro. Parecía otro monitor más de la exposición. Aquel cliente que tenía enfrente le había salido respondón…)

—¿Y cómo sabe usted todo eso?
—Amigo mío, porque yo hago lo que ni sus jefes ni ustedes hacen: informarme previamente antes de comprar. Para no comprar a tontas y a locas, para hacerlo con la mejor relación calidad/precio y en aquello que realmente necesito. Siento decirle que cada vez que voy a comprar algo, sea un coche, un colchón, un mueble, un equipo de música, un libro o una medicina, sé mucho más de estos productos que los propios vendedores. Es una de las revoluciones de hoy día, una sociedad de la información donde los que sabemos algo podemos encontrar la información precisa de casi todo. En internet, en las revistas de consumidores, en los manuales públicos de los laboratorios donde se hacen pruebas comparativas... Como es lógico, nunca me verá comprando en una tienda de los chinos porque en ellas sólo venden mierdas que duran lo que un suspiro pero, sobre todo, soy lo que se llama un consumidor responsable. Por eso mismo compro poco pero a conciencia. Soy el enemigo público número uno de los fabricantes y vendedores. Yo también diría que de los publicistas, a los que tomo por ignorantes, y a los gobiernos, que pretenden que compre y compre para que el PIB y el POB vaya para arriba como si todo consistiese en consumir y consumir. La sociedad del despilfarro, ya sabe… Hubo un tiempo en que las lavadoras, frigoríficos, televisores, coches, etc duraban más de 20 años. Hoy nos venden basura con mucho aparataje pero con fecha de caducidad a cortísimo plazo. Lo mío, simplemente, es una manera tontorrona de enfrentarme a esta forma tan abstrusa y torpe de desarrollo económico. No, no es lo que ZP o un tal ministro Sebastián llaman “economía sostenible”. Simplemente es “economía responsable”. Me cuesta mis dolores de cabeza pero me evito bastantes tomaduras de pelo y timos de la estampita. Ah, parece que ha dejado de llover… Ha sido un placer hablar con usted, señor mío. Muchas gracias y buena suerte…

(Un día de éstos volveré por allí a ver qué otra cosa pretenden venderme como si yo fuese tonto de capirote. Presiento que esta vez va a ser una lavadora…).

viernes, 6 de mayo de 2016

LÍO DE FALDAS

Fue hace un par de años, una tarde de verano, de esas en que se derrite hasta el asfalto, cuando conocí a Rafa (nombre ficticio por razones del guión). Me pidió una coca cola con mucho hielo y algo para picar. El pub estaba vacío y yo aburrido como una ostra, así que aproveché la más mínima oportunidad para entablar charleta con aquel tipo musculoso, peinado casi al cero, de aire tímido y mirada huidiza.

—En la calle hace un calor espantoso, ¿verdad? (Con esta frase ingeniosísima empecé la aproximación dialéctica).
—No se ve un alma. La gente estará haciendo la siesta. He podido aparcar tranquilamente justo enfrente del pub. A estas horas pocos locales hay abiertos para tomar un refresco cálidamente.

Ya entrados en harina, tras hablarle sobre el calorín que pasé en mis dos años de trabajo en Marruecos, me fue contando algunas cosas de él. Era futbolista, había fichado por un club de segunda división de una ciudad cercana, tenía pensado residir en Madrid y estaba empezando su periodo de aclimatación a la ciudad y a su nuevo equipo.

No era una estrella sino uno de esos jugadores oscuros, dotados de fuerza y de espíritu de sacrificio, que los entrenadores necesitan para que el equipo ande bien compensado en todas sus líneas, especialmente las defensivas. Era un obrero del balón. Este tipo de jugadores suelen pasar bastante desapercibidos. El personal se fija casi siempre en quienes meten goles, los preparan o los evitan, sin darse cuenta que el fútbol es una labor de equipo donde todos los jugadores y todos los roles son imprescindibles. De esas y otras cosas hablamos cuando otros días y semanas apareció por el pub. Siempre lo hacía en horas de poca clientela, como si temiera ser reconocido por algún seguidor. Aquel tipo era algo leído, cosa rara en un futbolista. Estaba matriculado en la Universidad a Distancia aunque nunca me dijo (la verdad es que era bastante reservado) lo que estudiaba. Alguna carrera de letras, deduje, por cómo se expresaba.

Un día, a mitad de temporada, vino con una chica. Me la presentó pero no recuerdo su nombre. La gachí estaba de impresión así que me quedé mirándola en plan bobo. La moza estaba bien maciza, era un poco más alta que él y juraría que tenía que ver con el mundo de la farándula. O la moda, o el cine, o algo así. Ya no volví a ver a Rafa en el resto de la temporada. Supuse que entre el fútbol, los estudios y su novia, estaría de lo más ocupado. Sé, por los periódicos, que solía jugar como titular en su equipo y que no le iba mal, aunque todas las medallas se las llevaba un chaval de similar edad, natural de la misma ciudad. Era un goleador nato, aunque cuando el equipo fallaba él no veía puerta ni harto de vino. Lo cual demostraba una vez más mi tesis de que lo primero es el conjunto y luego las individualidades. Digamos que aquel figura se llamaba Iván.

Casi por las mismas fechas que la primera vez que le vi, regresó al pub. Y casi a la misma hora.

—Hacía tiempo que no te visitaba, Pepe. Hoy empieza la pretemporada y no quería dejar la oportunidad de venir a saludarte.
—Te veo con más chispa que entonces, Rafa, la mirada más alegre, no sé… Te va bien, ¿verdad?
—No me puedo quejar. Me renovaron por un año más tras conseguir dejar acabar el equipo en mitad de la tabla. Aprobé todas las asignaturas del curso y mi rollo con Ángela va genial. Madrid ya es como mi segunda casa. Así que no me puedo quejar.
—¿Y tu relación con Iván, el figura? Yo sé que por fuera los jugadores decís que os lleváis de puta madre pero supongo que…
—Es un chaval magnífico. Muy diferente a mí pero por eso mismo nos llevamos de maravilla. Lo han nombrado capitán del equipo y mucho me temo que algún Primera se lo lleve a final de temporada cuando finalice contrato. Es demasiado bueno para la Segunda División.

Durante su segunda temporada sólo vino al pub tres o cuatro veces. Seguía igual de feliz y encantado de la vida. Una tarde de abril, miércoles santo, regresó. No traía buen aire. Conozco demasiado al género humano por mis muchos años de estar charlando con él tras una barra de un local de copas para no saber lo que le ocurre a cada cual. Más o menos, claro. Y como soy un cotilla, no tardé mucho en hurgar en la herida.

—Este año te va fatal en los estudios, Rafa. Has suspendido casi todos los exámenes parciales de febrero…
—He suspendido el más importante: el de mis amigos.
—No todos. Es imposible que todos nos fallen al mismo tiempo.
—Lo sé, pero jamás pensé que Iván y Ángela…

No dijo más. No era necesario. El figura estuvo lesionado durante un mes gracias a una de esas entradas asesinas que hacen los carniceros del fútbol, otra especie necesaria en cualquier equipo pero un pelín impresentable. Durante todo ese tiempo, mientras que Rafa entrenaba y viajaba con el equipo, se estuvo trajinando a Ángela. Y viceversa. El lagarto con la lagarta. Y viceversa. No es que yo sea un estrecho en la cosa del cameo, los amoríos y tal, pero me parece a mí que habiendo tanta gente por el mundo está muy feo que se hagan ciertas cosas a espaldas de quien te estima.

A final de temporada vino por última vez. Yo había leído por la prensa que había fichado por un equipo del norte de España pero nunca vi ni oí nada acerca de lo que había pasado con el largato y la lagarta. En un país en que se airean con una gran alegría todos los trapos sucios, incluyendo los más íntimos, me llevó a pensar que lo mismo la situación se había arreglado o que la discreción había sido inusual para estos casos.

—Con que te vas a donde llueve casi todos los días. Tú, un tío habituado al sol y al frío reseco.
—Sí, Pepe, me voy. Mis dos temporadas aquí han sido muy buenas menos en lo que tú ya sabes o intuyes. Prefiero poner tierra de por medio pues no quiero que mis asuntos privados repercutan en mi rendimiento profesional. Mi futuro es seguir ganándome la vida con el fútbol, corriendo kilómetros y kilómetros todos los días para que otros se luzcan y metan goles. Incluso para que se cepillen a mi chica. Espero que cuando las piernas acusen el esfuerzo ya pueda tener mis estudios acabados.
—Y el Iván de las narices, a Primera. ¡Qué cruel que es la vida!
—Como jugador, se lo merece. En lo demás, mal rayo lo parta.
—¿Se excusó contigo, se justificó? No sé, tuvo algún detalle…
—Tuvo el gran detalle de no abrir la boca en todos estos meses. Encima le estoy agradecido porque algunos de los compañeros que sabían de mi relación con Ángela, simplemente pensaron que lo mío con ella se acabó como se acaban a menudo estas cosas. Yo tampoco quise decir nada. Es probable que si los colegas se hubieran enterado de la verdad todo habría sido más doloroso. Sólo el entrenador se olió algo cuando en los entrenamientos y partidos comprobó que Iván y yo jamás teníamos un intercambio de nada. Ni de palabras, ni de manos, ni de miradas, ni siquiera de balón. La marcha del equipo ha sido un desastre, así que el míster sabía que al final el equipo acabaría rompiéndose en mil pedazos. Cada uno a otra ciudad y a otro equipo. A eso nos dedicamos hoy día muchos futbolistas. A viajar, maleta en mano, de ciudad en ciudad. Como los titiriteros de antes. Como los artistas de ahora. Menudos artistas estamos hechos…
—¿Y Ángela? ¿Ha abierto su boquita de piñón para desearte suerte, al menos?
—Se ha hecho la mártir y ha querido sacar tajada del asunto. Publicitaria, claro. Y seguro que lo habría conseguido de ser yo e Iván dos jugadores de más nombre, de equipos grandes. No lo ha conseguido. Creo que ahora está liada con otro fulano. Es una mariposa que acabará aplastada por cualquier tipo duro y sin escrúpulos que se encuentre en su camino. Una pena.

Me dio la mano. Pensé que aquel hombre se merecía un abrazo. Salí de detrás de la barra y se lo di. Muy fuerte. Me dio las gracias y se fue. Viéndole de espaldas juraría que estaba más fuerte y musculoso que cuando lo vi la primera vez. Lo único que no había cambiado era su tímida y huidiza mirada.

lunes, 18 de abril de 2016

DIARIO DE UN ESCOLAR AJETREADO

La cosa empieza allá por las 7 y media de la mañana, cuando los papis depositan al chavea en las puertas de la escuela, camino del trabajo donde deberán ganarse decentemente el pan, el carné de socio del club de sus amores y las llamadas del móvil. En muchas escuelas, algunos alumnos entran a las 7,30 de la mañana porque alguien tiene que encargarse de los chaveas a esas horas tempraneras, en ausencia de los papuchis. Y ese alguien tiene que ser la escuela, claro, que está para eso, para resolver todos los problemas del mundo mundial, no sólo para enseñarlos. En la guardería (perdón, cole) desayunan y se entretienen hasta que llegan los profes que se dedican a intentar instruir curricularmente mate, lengua y esas cosas tan antiguas.

Cuando acaba la faena de las asignaturas y todo el mundo está con ganas de cambiar el tercio de varas, una gran mayoría de mozuelos y mozuelas deben quedarse en el cole a comer, porque sus papis siguen trabajando o les pilla demasiado lejos el hogar para venir, hacer un cocido de garbanzos en el microondas y regresar de nuevo al tajo. Así que bastantes mocosos van ya por las 8 horas de permanencia en el colegio cuando acaban de deglutir como los pavos la comida industrializada que trajo el catering correspondiente. Algunos reanudarán las clases nuevamente, aunque el sueño y el aburrimiento apenas les permitirá abrir los ojos. Los críos más suertudos, aquellos en que su cole es de jornada continuada, podrán irse a casita, que ya es hora. A pesar de ello, otros muchos todavía tendrán por delante un par de horitas de actividades extraescolares en el recinto escolar dándole al judo, el baloncesto, la informática y demás entretenimientos virtuales. ¡Educación integral, muchachos, que ya la exigía Bakunin y Carlitos Marx hace una espuerta de años!

Allá por las 18 o las 19 horas, cuando el sol está a punto de irse a hacer gárgaras, los papaítos se acuerdan de que tienen que acercarse al cole a recoger al hijito de su alma, quien encima todavía es capaz de reconocerlos. (La naturaleza, que es muy sabia). ¡Papuchis!, grita el barandilla. Casi 12 horas lleva metido entre los muros escolares. Y encima más contento que unas castañuelas. Todavía si los progrenitores tienen programada una hora de asueto para ir de compras o echar un polvete sin que nadie les moleste, enviarán al niño a la academia particular de guitarra y mecanografía durante una horita, para que siga completando su formación. Por fin, con el regreso al dulce y extraño hogar, habrá de ponerse a hacer los deberes escolares, luego ducharse y finalmente hincarle el diente a un filete empanado de vaca, eso sí, precocinado, que el tiempo aprieta y ahoga. Luego, unos minutos de televisión que podrán prolongarse hasta altas horas de la noche si los papuchis no tienen prisa (los españoles es que nos acostamos muy tarde) y porque al nene no hay que llevarle la contraria ya que lo mismo se estresa, se cabrea o se deprime y porque, angelico, también tiene derecho a descansar de la dura jornada, que no todo va a ser aprender y aprender para ser un don nadie el día de mañana. Así que el riquitín se zampa toda la telebasura que le cae y cuando ya no puede con ella se va al catre pues a las 7 de la mañana el despertador volverá a cantar inmisericordemente el buenos días, levántate capullito, que es hora de ir al cole a desayunar, comer, hacer judo y si se tercia, a escuchar un fragmento inconcluso de mate o inglés.

-¡Que duermas con los angelitos! – le besan amorosos sus progenitores.

Y el nene entorna los ojos con ganas de no volver a abrirlos nunca más. Eso sí, la administración, con alta sensibilidad social, le pagó el aula matinal, los libros de mate y lengua así como una parte del gasto del comedor y de las actividades extraescolares. ¡Después no dirán los papás que les salgo caro! Y los padres tan contentos, oyes: a caballo regalado, ya se sabe, no le mires el diente. Y mirando al peque piensan agradecidos que el descanso no veas lo que reconforta. Quiero decir, el descanso de no ver al enano más que a la hora de cenar y dormir. Y menos mal, porque cuando sea mayor y se compre una moto, entonces es que ya no le veremos ni el pelo.

Y colorín colorado este ajetreado cuento escolar se ha acabado.

miércoles, 6 de abril de 2016

EL ACONTECIMIENTO (2 DE 2)

Las calles se quedaron vacías. Ni por la rúe del Funeral ni por la de Todo a Cien se veía un transeúnte. Todo el mundo estaba hacinado delante del Ayuntamiento. Cada cual buscaba, en dura pugna con los demás, el sitio más estratégico desde donde poder ver el espectáculo lo más estupendamente posible. Algunos chavales se subieron a las farolas, pero como las pobres estaban muy debiluchas, todos se fueron al suelo originando las risas del respetable.

—¡Que salga el ministro, que salga el ministro! —gritaba a coro todo el pueblo congregado.

Eran las cinco y cuarto y el Ministro aún no había salido al balcón municipal.

—¿Qué estará haciendo ese pelmazo? —dijo un chavalín de 34 años que sólo levantaba dos palmos del suelo (de ahí lo de chavalín).
—Seguramente estará preparando el discurso…

Pasó un ratillo y, al fin, en el balcón, apareció la oronda figura del alcalde de Piedragorda en compañía del señor ministro.

—¡Ciudadanos todos…! —empezó diciendo el alcalde con muy poca originalidad mientras que el pueblo le aclamaba y aclamaba—. Os he reunido aquí para presentaros al nuevo ministro…
—¡Que hable, que hable…! —rugía todo el pueblo a la vez.
—Señor ministro —le dijo el alcalde a la superior autoridad— se ha ganado usted en unos minutos la confianza y la fe del pueblo que tan eficazmente yo gobierno. Le felicito. ¿Ve como mis ciudadanos son como todos los ciudadanos del mundo? Y ahora, le dejo sólo señor ministro. Ya puede usted empezar su discurso…
—Pero… —balbuceó el ministro al ver que el alcalde le dejaba más solo que la una en el balcón municipal.

El pueblo, expectante, seguía todos los movimientos oculares, labiales y manuales de la autoridad, sin perderse detalle.

—¡Piedragordanos todos! —empezó por decir el señor ministro. Pero ya no dijo más porque, desde ese momento, empezaron a lloverle tomates, melones, pimientos, berenjenas, patatas…

El acontecimiento duró treinta y cinco segundos escasos. El tiempo justo en que el señor ministro logró ponerse a salvo de los disparos y cantazos que le llegaban desde todos los rincones de la Plaza Mayor.  Una vez que logró escabullirse hacia el interior, el pueblo, lentamente, empezó a retornar a sus casas y a sus faenas habituales.

—¡Ya hemos aporreado a otro político mangante! —iban felicitándose todos los piedragornanos.

Contentos y más felices que unas pascuas, caminaban en todas las direcciones. Mientras, a lo lejos, aún resonaban los ecos de las palabras del alcalde: “¿Ve cómo mis ciudadanos son como todos los ciudadanos del mundo?"

lunes, 4 de abril de 2016

EL ACONTECIMIENTO (1 DE 2)

La voz sonora y grave de la campana del Ayuntamiento de Piedragorda tiñó con su ritmo monótono, pero bien audible, el cielo azul de aquel mísero pueblo. Sus habitantes, como accionados por un misterioso y profundo resorte, abandonaron con prontitud sus labores y obligaciones cotidianas tomando pronto las de Villadiego (la calle por la que se desemboca a la plaza del Ayuntamiento).  Sólo los duros de oído, tirando a sordos, se quedaron con los brazos cruzados y sin hacer nada, porque como apenas oyen nada… Sin embargo, pronto comprendieron lo que tenían que hacer.

—Pero, ¿qué haces ahí parado y sin arreglarte, abuelete? —gritaba un mozalbete travieso al padre de su padre.
—Pues, ¿qué pasa, jovenzuelo? —respondía el abuelo unos minutos más tarde, después de haberle hecho repetir al chaval diez veces la pregunta.
—¡Tolón, tolón, tolón! –volvía a gritar el mozo, acompañándose de ilustrativos gestos.
—¡Ah, el tolón, tolón! ¡Haberlo dicho antes, caracoles!

Esta reacción general de afluencia inmediata hacia la plaza del Ayuntamiento no se hizo esperar, pasase lo que pasase…

—¿Oyes, Manolo? —preguntó la mujer del lechero a su marido (el lechero, naturalmente)— ¿Oyes? Nos llama el Ayuntamiento…
—Nos llama la vaca, mujer. Seguramente tendrá ya las tetas a rebosar.
—¿Olvidas que hoy es su día de descanso, según marca el convenio, y que por tanto no va a dejar que le manejes las ubres? –le replicó la mujer.
—Pues tienes razón, querida. ¡Nos llama el Ayuntamiento!

Dándole una patada al cubo de agua con que estaba adulterando la leche, se fue con su esposa a la Plaza Mayor para no perderse el acontecimiento anunciado. El barbero tampoco le fue a la zaga:

—¡Pero hombre —protestó el cliente— ¿cómo me va a dejar a medio pelar?
—Vuelva usted mañana y le pelaré la otra mitad —le respondió el barbero blandiendo en la mano izquierda la navaja de trasquilar.
—¿Pero usted comprende —volvió a protestar el cliente— que yo puedo salir así a la calle, con una patilla más larga que otra y con más pelo en el cogote que en la coronilla?

Pese a las protestas el barbero no dio un tijeretazo más y colgando en la puerta el letrero “Cerrado hasta que se vuelva a abrir” se largó con pelo fresco en dirección al Ayuntamiento. Algo parecido sucedió en la tienda de comestibles:

—Pero deme usted ya ese medio litrejo de vino…
—Lo siento, señora. ¿No ha oído usted el tolón, tolón?
—Sí, lo he oído, pero no creo que tarde usted mucho en despacharme medio litro de tintorro…
—Lo siento, señora, venga usted mañana.
—En fin —dijo resignada la mujer— esta noche beberemos agua…
—No se preocupe, que no notará mucho la diferencia… —terminó por decir el dependiente, medio cabreado.

Este fenómeno de abandonar todo lo que en ese instante se estaba haciendo para acudir a la llamada tolón, tolonera, ocurrió en todo el pueblo. La madre que estaba dando de mamar al pequeñuelo cortó el suministro lácteo y lo depositó en la cuna al cuidado del gato. El joven que estaba haciendo “pis” en ese momento, aligeró la evacuación para no perderse ni pizca del acontecimiento. La muchacha que estaba hablando por teléfono con su novio le dejó; a medias la declaración de amor:  "te quiero más que al Real Madrid, pichurri". El practicante, que estaba en esos momentos poniendo un par de banderillas en el trasero del director del banco, le abandonó dejándole el par a media asta.  En fin, nadie quería perderse el solemne acontecimiento que iba a tener lugar en la Plaza Mayor donde se ubicaba el Ayuntamiento. Incluso el dentista del pueblo, que estaba sacando la muela del juicio a la directora del psiquiátrico, pretendió interrumpir la extracción para asistir al acontecimiento.

—¿Pero cómo la va usted a dejar a tres cuartos? —le espetó el marido, que era matemático.
—No se preocupen. Si dentro de media hora estoy otra vez de vuelta…
—¿Y si se muere?
—¡Que espere un poco, oiga! ¡Tampoco es mucho lo que le pido!

El matemático sacó una navaja de 42 centímetros de larga por 6 milímetros de ancha y el dentista no tuvo más remedio que chincharse. Cuentan las crónicas que, a consecuencia de la frustración, días después le entró una depresión de caballo. El acontecimiento anunciado hizo perder la chaveta a más de medio pueblo.
CONTINUARÁ...

viernes, 11 de marzo de 2016

¡PERO QUÉ CONTENTOS ESTAMOS!


Si es que no podemos aguantarnos las ganas de saltar de alegría, de sacar el jolgorio que llevamos dentro, de abrir las mandíbulas de oreja a oreja celebrando que estamos más contentos que unas pascuas. Contentos porque estrenamos bitácora, porque los hoteles han estado llenos este verano, porque las vacaciones ya se han esfumado y llega la saludable rutina cotidiana, porque pronto llegarán los fríos… y, lo más importante, porque el túnel de la crisis económica está empezando a acabarse: ya se ven lucecitas a lo lejos. Lo ha dicho el presidente de todos los presidentes, mÍster Rajoy, y lo defiende a capa y espada la gente de su partidín, los economistas allegados, los periodistas que cobran del pesebre pepero y hasta las cigüeñas (subvencionadas) que pronto llegarán a algunos campanarios. 

—¿Optimista tu, Puñetas? Mira quete conozco como si tubiera parío.. —díceme el Ardilla, amigo del alma y almeja—. ¿No te habrás emborrachao con agua de Lanjarón, cacho animal racional?

Le digo que no, que mi optimismo es fruto del maravilloso porvenir que nos espera, de los brotes verdes que nos comeremos a dos carrillos, de...

—Lo tullo es grabe, eh? Estás más zumbao que la cabra de la Legion. ¿Que la crisi sacabao? Avé, alma de cántaro, ¿cuántos paraos tenemos? ¿cuánto se debe como paí? ¿cuántos kilómetros tién las colas pal médico? ¿en qué cloaca están los presios de mis tomates que ya hasta tengo que pagá pa venderlos? ¿no tabrán sentao mal las sardinas del desalluno?

Cuando le da el ataque justiciero al Ardilla no hay quien lo pare así que –conociéndolo como si fuera mi hijuelo- héteme aquí que cogí el periódico y se lo planté delante de sus verdes ojazos.

Lee y calla, Ardilla, le dije.

—"Valencia 3, Málaga 0. Un robo a mano armada"… No sabía yo que aora fueses un hincha de esos que se inchan a pelotaso limpio…

Con los nervios a flor de piel le dije que más abajo, Ardilla, lee más abajo…

—"El síndrome posvacacional hace referencia al estrés que tenemos que afrontá tras las vacasiones. Se manifiesta, sobre tó, en las personas que han sufrío un cambio biológico durante sus vacasiones". No me digas, Puñetas, que estás estresao… ¡Si tú no das golpe tó el año!

A pesar de que lo quiero mucho, tuve que contener mis manos –que se iban directas a su cuello- cogiendo el móvil que estaba encima de la mesa. Le dije que no quería atrapar la depre esa tras las vacaciones y que leyera el consejo nueve del decálogo que Pepín Patraña, neurólogo del Hospital San Pepito de Madrid, recomendaba a los lectores.

—"Modera el consumo de alcol y cafeína, az deporte, corta con los malos pensamientos, aprende a desir queno, fíjate en lo positivo, ten pasiencia"…

Me los había leído desordenadamente, el muy puñetero, pero estaba decidido a que no me sacara de quicio para evitar así el maldito síndrome posvacacional que quizás ya estaba incubando. 

—El único consejo ke nunca sigues es el 9, o sea, fíjate en lo positivo, Puñetas. Fíjate en lo positivo… Fíjate en lo positivo… Ahora entiendo, mamonaso, porqué estás tan contento y divertío… Así evitas que tataque ese virus que dises, ¿no?

Había costado pero por fin el Ardilla se había dado cuenta. Este año no estoy dispuesto a estar sindromeado por culpa de haber tenido vacaciones y mi vuelta al trabajo y a mis hábitos de siempre quiero que se produzcan con total normalidad, no como le pasa al 40 % de la población. Por eso estoy tan contento, aunque con mi extremada positividad me parezca a míster Rajoy, sólo que yo la tengo por motivos preventivos y en su caso es pura patología. 

—¿Pero cómo vas a creé a esos mentirosos compulsibos del Rajoy y sus pepes, fieles erederos del camarada Zetapé y sus cuates? Yo preferiría cogé el síndrome ese a darles ni un segundo de aliento, aunque sea de mentirijilllas…

En esos momentos sonó el móvil.

—Soy Martínez, el jefe de personal, te lo imaginas, ¿no? Oye, ¿sabes lo que es el INEM? Es que como la crisis no remonta el vuelo la empresa comienza el mes de febrero con un ERE al diez por ciento de la plantilla. ¿Me oyes, Puñetas?

Estrellé el móvil contra la pared, rompí el periódico en mil pedazos y agarré de la mano al Ardilla, quien en todo momento no abrió el pico. Nos conocemos como si nos hubiéramos parido mutuamente así que no hicieron falta las palabras. Han pasado varios días y, oyes, ni síntoma alguno de estrés posvacacional.


viernes, 11 de diciembre de 2015

SUBIENDO EL ANGLIRU

(Cualquier parecido con la realidad pudiera ser mera coincidencia imaginativa. O no...)

“…Después de chuparnos casi 200 kilómetros, ahora llega el Angliru éste de las narices. Once kilómetros de cuesta que te cagas. Parece que las carreras las hagan para jodernos vivos a los ciclistas. Echaré un trago de agua, que no veas la que me espera… Empieza el maldito infierno y ya va al 7 %. Ellos como van tan tranquilitos ahí montados en su coche… Ojalá se les parase en mitad de la cuesta y empezara a irse para abajo. Lo que me iba a reír…
… Esto es pasarse. No hay derecho a que nos hagan esta putada a la mayoría, que no somos ni Contador ni Sastre ni esos primeros espadas. Nosotros somos gente normal, yo un rodador que me juego la vida en el llano y en la meta, pero que aquí no puedo andar porque peso demasiado. ¡Que le pongan el Angliru sólo a los jefes de fila y a nosotros que nos dejen en paz! ¿Qué necesidad hay de esta salvajada de puerto?
…Voy echando los higadillos y todavía no llevo ni seis kilómetros de subida. Seguro que el Contador ya habrá llegao a la meta. Y mira estos tíos, ahí delante de la carretera, que no nos dejan ni verla. Si parece que todos estén mamados… ¡Venga, que tú puedes, cobarde! –me ha dicho uno. No me he bajao de la bicicleta para darle dos tortas porque encima me la cargo yo. Su padre y su santa madre… Lo que tienen que hacer, af, uf, es dejarnos tranquilos, despejar el terreno para que el oxígeno nos llegue mejor y callarse, que ya no sólo me duelen las piernas y el alma si no también los oídos de escuchar tantas idioteces. ¡Y dejarme el culo quieto, con tanta palmadita ni leches! (Otro traguito de agua con vitaminas antes de que reviente. Glu, glu, glu…).
…¡La madre que los parió! Ya voy por la zona de Llagos y es que no aguanto más y eso que voy a paso trotón. Luego, cuando suba arriba, si llego, encima me querrán pinchar los sádicos éstos para ver si voy limpio. ¿Limpio? Como pongan en duda mi honor y limpieza me los como vivos… Si llevo cuatro días con moquillo, uf, af, y sólo puedo curarlo con pañuelillos de papel... Lo que tendría que hacer, si tuviese agallas y otro empleo, es bajarme de la bicicleta, llamar a los pringaos esos de la tele y que me enfocasen viendo cómo la tiro por el barranco. No hay derecho a que nos hagan pasar este infierno a la gran mayoría y, encima, mañana otra montañita para acabar de rematarnos. Estos dirigentes hipócritas que nos exigen esfuerzos sobrehumanos para sacar pecho ellos. Si aquí la gente más honrada somos la mayoría de los que vamos montados sobre estas dos ruedas. ¡Serán mamones! Uf, af, of, ya no aguanto más, voy a tirar la toalla antes que eche la pota. Eh, tú, no me des la palmadita en el culo, a ver si encima me vas a tirar… ¿Sabrán algo de ciclismo estos capullos?
…Me bajo, sí, me bajo y me voy pal pueblo. No quiero saber más de ciclismo putero… Pero…, Angelillo, no seas malaje, aguanta… que ya sólo queda un kilómetro, total, ná de ná, sólo un kilómetrillo con rampas del 20 %... Yo querría, pero es el olor a embrague quemado de los coches que se me está metiendo en el cerebro… Si es que al final parecía que me iba a librar de vomitar y voy a echar todos los macarrones que me tomé esta madrugada… No hay derecho que nos hagan esta putada, no hay derecho... Y mal pagada, encima, que los jefes cobran mucho pero los gregarios vamos que nos matamos. De verdad que si llego… (¡quitaros de en medio, mamones, que ya no veo ni la carretera…!), si llego voy a decir cuatro palabritas a los que juegan de esta manera con nuestra salud… Claro que… qué voy a adelantar con eso, que me pongan una multa, que me echen, salir en los papeles, que me llamen cobarde, que no pueda regresar al pueblo… y a ver qué hago con mis dos churumbeles y la Rosa, me los como con patatas, ¿no? A ver si ahorramos algo y compro un huertecillo… , pero es que no hay derecho a que nos hagan esta putada... El Angliru deberíais de metéroslo donde os quepa, mamonazos… Uf, af, allí se ve la meta, por fin se acaba la pesadilla, ánimo hombre, que ya estás cerca, uy, no veo bien la carretera, y ya no veo a mucha gente, ¿qué me pasa?, noto algo raro aquí adentro… Oh, ¡dios mío…! “
(¡Tarí, tarí, tarí…! ¡Paso a la ambulancia! ¡A ver, apartarse, que haya aire para el ciclista…!)

-¿Qué le ha pasado?
-Irá dopado hasta las orejas y ya ves, la ha palmado…
(Una voz desde las alturas, bastante cabreada).

-¡¡¡ HIJO DE ... !!!

lunes, 16 de noviembre de 2015

EL PIRATILLA SECUESTRADO


Origen de este satiricuento: allá por 2009 tuvieron lugar numerosos secuestros de pesqueros de diversos países, incluidos españoles, por parte de piratas somalíes. La situación se hizo tan habitual que la comunidad internacional decidió tomar cartas en el asunto y envió fuerzas de seguridad en los pesqueros e incluso navíos de guerra para prevenir los ataques filibusteros. En uno de esos encontronazos, militares españoles capturaron a dos piratas. La que se montó en España, la España bobalicona de Zapatero, fue de aúpa. Actualmente la situación por Somalia parece que está más o menos controlada.

(Cualquier parecido con la realidad puede ser mera coincidencia; no obstante, cualquier coincidencia puede ser considerada posible realidad. O algo así).

Había una vez un país situado en la Cochinchina donde mandaban los piratas. En sus aguas o cerca de ellas había muchos atunes y otros peces de buen comer, a cuya miel acudían barcos de medio mundo. Los piratas secuestraban de vez en cuando alguno y, con mejor o peor suerte, iban sacando su botín con el que tiraban mal que bien en su perra vida.

Un día un pesquero de un país de países fue apresado. En unos días se acercó a ver lo que le pasaba un buque militar compatriota. En un rifirrafe, los militares capturaron a dos piratas cuando éstos se aprestaban a irse del pesquero, no se sabe bien porqué. El caso es que ambos dos fueron capturados y llevados al buque, donde por fin pudieron comer caliente y pasar unos momentos de gloria.

Más hete aquí que un famoso juez del país de países quiso hacerse aún más famoso y pidió que ambos piratas fuesen enviados a la metrópoli porque quería verles el careto y mandarlos para la trena, a pesar de que sus compis seguían atrincherados en el pesquero y poniendo muy mala cara a la tripulación de marineros, a los que amenazaron con cortar el cuello si les pasaba algo a los dos compinches apresados.

La razón de la justicia se impuso y en un par de días los dos piratas fueron llevados al lugar donde indicó el juez. Mire, vuesa merced, le dijeron los de la pata de palo metafórica, que nosotros estábamos hospedados en aguas internacionales en uno de sus buques de guerra y que al venir en contra de nuestra voluntad se puede decir que hemos sido secuestrados. Y eso, señor juez, es algo muy feo para gente tan demócrata como ustedes.

Mientras que los días pasaban en alta mar sin tener conocimiento alguno del devenir del secuestro del pesquero, en la metrópoli se armó un cacao fenomenal con la edad de uno de los piratas, al que tras someterle a más chequeos médicos que a un ciudadano millonario, se le calificó de menor de 18 añetes, con lo que de acuerdo con las leyes metropolitanas, tenía que ser puesto de patitas en la calle al considerarlo incapaz de hacer trastada alguna. Os va a caer un puro, replicó el ahora piratilla de 17 años. No sólo me secuestráis en aguas de mi país si no que ahora me calificáis de vulgar mequetrefe aniñado. Y encima irresponsable. ¡Yo soy un hombre hecho, derecho y de pelo en pecho! Exijo una indemnización y la vuelta a mi país con un cheque bajo el brazo de un millón de ricos euros.

EL juez famoso ya se había quitado de en medio y ahora otros compis y muchos abogados y políticos discutían qué demonios hacer con el piratilla, el cual ya había costado al erario público un potosí entre chequeos médicos, tres comidas por día, ropa nueva comprada en el Corte Inglés y otras bagatelas, incluidos varios habanos procedentes directamente de Cuba. Tras otras pruebas médicas el piratilla volvió a ser declarado piratón pues sus huesos parecían dotados de la mayoría de edad. En estas monsergas, ires y venires, nadie tenía ni pajolera idea de qué pasaba con la tripulación del pesquero pues no había noticia alguna de su estado.

—Piiiiiiii….

(Señoras y señores, rogamos perdonen esta interrupción producida a las 23 horas 45 minutos del día 21 de octubre de 2009. Estén atentos a su pantalla pues en los próximos días, meses o años, se supone que esta bella historia tendrá un final, esperemos que feliz para los marineros y para el piratilla piratón al que su paso por la cárcel y centros de asistencia habrá convencido que dónde mejor que vivir en ese país de países donde a uno le miran y remiran la salud física hasta en el velo del paladar. Y gratis total. Sería imperdonable renegar de Jauja…).

PD: A fecha de hoy, noviembre de 2015, el autor desconoce qué sucedió con el piratilla, aunque no le extrañaría que estuviese dándose la vida padre y madre gracias a los españoles. Los tripulantes del pesquero fueron puestos en libertad y, como pasa en estas cosas de las noticias que pueblan los telediarios y prensa, pasado un tiempo se les pierde el interés y nadie sabe como acaba la cosa. Por eso hemos querido poner un final imaginativo –pero posible- al cuento escrito hace ya la friolera de 6 años.

—Piiiiiii…

Sí, este es el final.

lunes, 2 de noviembre de 2015

LA EXITOSA HISTORIA DE JACINTO CHAMPÚ



(Aviso a navegantes: Cualquier parecido con la realidad más irreal es pura coincidencia, o sea, que sí…)

Jacinto Champú Gominola vino al mundo un día lluvioso y frío de febrero. Nada más verlo su padre, don Rigoberto Champú Desodorante, experto en Cosmética y Perfumería,  pronunció estas vaticinadoras palabras:

—Jodé, qué cabezón tiene el chavea… ¡Y qué redondo…! Pa mí que éste le va a dar al baloncesto…
—Rigo… -dijo con apocada voz la parturienta, o sea, su esposa-, no te has fijado bien. ¿No ves unos pentagonitos de pelo en su gordita cabecita? Nuestro hijo tirará más por el fútbol…

Doña Benigna Gominola Chupachups, predestinada por sus apellidos familiares a trabajar en una tienda de chucherías durante toda su vida, era más perspicaz que su maridito. “Además –concluyó la susodicha-, las patadas que me daba cuando lo tenía en la barriga eran más propias de un futbolista que de un canastero…”.

En el colegio, Jacinto Champú pronto destacó en cómo manejaba el balón con destreza y puntería. Varios cristales de las aulas en que estuvo fueron reventados a conciencia pues el mozo odiaba las clases. Sólo lograba realizarse como ser humanoide jugando a la pelota en el recreo. Durante esos treinta minutos se transformaba en un  ser apasionado dispuesto a todo con tal de ganar el encuentro.

—Este chaval será leñador cuando sea mayor –se oyó una vez decir a un profe que andaba por allí.
—¿Cómo lo sabes? –le preguntó otro.
—Por la leña que reparte cuando juega al fútbol.

Pero a Jacinto Champú le visitó la mala suerte, ya mozalbete larguirucho y desgarbado por aquello de la adolescencia. Un pésimo día le tocó a él recibir una entrada criminal de otro apasionado del “no pasarán”. Rotura de los ligamentos cruzados de ambas piernas, evaporación de la rótula izquierda, meniscos triturados por cinco sitios, esguince triple de tobillo y unas cuantas cosillas más, pero éstas sin importancia. No quedó para una silla de ruedas pero nunca más pudo volver a disputar un encuentro.

Sus padres quisieron entonces encaminarlo por la vía del negocio familiar, pero Jacinto dijo que nones, que lo suyo era el fútbol y que se ganaría la vida con él, mas como su cerebro estaba peor que sus piernas, entendió juiciosamente que no podría ser entrenador  o utillero. Aunque todavía era demasiado joven para desempeñar puestos de responsabilidad, pensó que si se camelaba a la directiva del club de sus amores, podría llevar una vidorra plena en aquel mundo que tanto le narcotizaba. Primero fundó una peña deportiva bastante golfa dispuesta a sembrar el pánico en los estadios, cobijada bajo banderas ultras, gritos horripilantes y petardazos. Pronto encontró numerosos camaradas de tropelías, que le aceptaron y adoraron como si fuera un becerro de oro (bueno, algo tenía de becerro, para qué les voy a engañar). Un poco más tarde consiguió el elogio de la directiva, incluyendo un chiringuito dentro del propio estadio para  guardar en él toda la artillería con que defendía a capa y espada al equipo de sus entretelas y frenesíes.

Jacinto había alcanzado bien pronto sus objetivos estratégicos: era utilísimo a los intereses del club y de sus dirigentes, aunque alguna vez –llevado por su fanatismo tan ardoroso y arrojadizo- se le fue la mano y metió la pata y el pedrusco, con lo que las autoridades deportivas no tuvieron más remedio que verse obligadas a cerrar el campo durante algunos partidos. A él, en cambio, se le habían abierto todas sus expectativas: su peña siempre era invitada a seguir al equipo para que animase a los jugadores y aficionados propios y desanimase con sus gamberradas a los ajenos. Incluso le pusieron un sueldo mensual, pagado con dinero opaco o traslúcido, no sé. Empezó a ser una institución en el equipo. Su pasión era muy útil y eficaz, como así se acreditaba partido tras partido. Consiguió que el campo se convirtiese en un bastión casi inexpugnable donde todos los rivales caían como moscas impresionados por los cánticos, los insultos, las amenazas y alguna pedrada que otra. Los aficionados contrarios le temían tanto que  rehusaban acudir a aquel campo tan conflictivo donde reinaban tipos tan cafres. Cuentan las crónicas que Jacinto Champú empezó a ser valorado más que los mismísimos jugadores y que en algunas ocasiones en que lo requirió, el propio club puso a su disposición una avioneta con piloto automático para que cumpliera con sus obligaciones extradeportivas.

Nuestro héroe, desheredado por sus padres al comprobar que aquel hijo de cabeza tan redonda y hueca les había salido rana y faltón, sólo tenía una preocupación cuando comprobó que su negocio iba a toda vela.

—Tengo que encontrar entre la tropa una tía que se me parezca, aunque deberá ser más guapa y estar más jamona. Quiero tener un hijo para enseñarle mis amplios conocimientos sobre el tema. Por mucho que yo me empeñe jamás conseguiré que nuestro equipazo gane la Champion algún año de estos pues nos falta experiencia y pasta, pero si consideramos el asunto a más largo plazo, mi hijito podrá conseguirlo siempre que aprenda todo lo que yo sé, que es mucho y bueno… Hay que empezar buscando un jeque y un capo de mucho prestigio y luego ya ficharemos a los mejores jugadores del mundo… Yo sólo no puedo desempeñar tan histórica misión.

Como loco –aquí uso la palabreja anterior en su plena acepción, o sea, la psiquiátrica- anduvo un par de  temporadas buscando a una chavalota que tuviese una genética digna de su alto rango futbolero. Por fin consiguió enamorarse de una tal Tomasita Pedorreta, tan cabeza hueca como él, hincha acérrima del equipo y de armas tomar cuando se ponía la bufanda y el pasamontañas en los partidos de casa. Aquella mujer era un Jacinto con tetas. Como era de esperar no pararon hasta tener un churumbel, mofletudo, sonrosado y de cabeza balompédica. Jacinto Champú es ahora un hombre feliz  y más que lo va a ser en cuanto su chavea crezca un poco y empiece a ayudarle en su titánica misión de llevar a su equipo a la cúspide del fútbol europeo y mundial. Jacintillo, que así se llama el nuevo monstruito, ya apunta maneras (ver fotillo superior, en plena faena), tal como su padre le ha ido enseñando en los pocos años que lleva de vidilla. Acuérdense de este nombre: Jacintillo Champú Pedorreta. Hará historia…

viernes, 23 de octubre de 2015

HISTORIA COSTUMBRISTA


¡La de cosas que cambian con el paso de los años! Hace ya varias décadas, pongamos 40 añitos de nada, era norma común entre los progres y progras, modernos y modernas de entonces, el considerar que lo de hacerle a la niña un agujerito en el lóbulo de la oreja para ponerle unos pendientes era contrario a la igualdad del hombre y la mujer: cuando la nena fuese mayor que ella misma decidiera si quería o no el agujerito y los colgajos. ¿Por qué a las chicas había que taladrarles obligatoriamente la oreja y a los machotes no? Así pensaban muchos de los que vivían por aquellos barros, que ahora han alcanzado categoría de cenagal, pero en la dirección contraria.

En la actualidad, no sólo se sigue percutiendo el taladro en las niñitas sino que los mozos también se han incorporado a la moda del agujero. El personal, o una parte del mismo, ya no sólo se entretiene con el lóbulo orejil sino que se hace redondelitos muy monos en cualquier parte de su anatomía serrana: labios, ombligo, lengua y todo lo que pueda ser agujereado, que es mucho. De modo que, a los habituales agujeros que la madrastra Naturaleza nos ha dado, numeroso personal añade otros suplementarios en la creencia de que con ellos está más guay. Y el que no se atreve con el taladro se lo monta con la aguja para hacerse pintar un tatuaje, sea un dibujito mono o unas letrajas. Lo importante es añadir a la carne propia algo que no trae de origen, como si no tuviésemos bastante con tener que ponerle ropa y zapatos a diario (que cuestan un pastón) y otras coñas marineras como peinados, perfumes, lacas, desodorantes, etc.

Pero esta historia costumbrista no va a ir de tatuajes sino de piercing. Todo comienza cuando llega a casa nuestra mozuela, diecinueve añitos como diecinueve soles, y tras encender el televisor dirige una mirada algo cochambrosa al progenitor masculino de sus días:

—Papá, me he hecho un piercing en el pezón derecho y me he tatuado un elefante en el glúteo izquierdo.

Y el papá, que nos ha salido de la vieja escuela de los que no querían agujeritos ni en el culo, el muy antiguo, pone el grito en el cielo y se caga en el padre que contribuyó a parir a la niña, o sea, en él mismo. Todo ello sin que salga ni una sola palabra por su boca no vaya a ser que la niña se cabree o enfade, le entre una depre y se vaya con sus amigas o con el maromo con el que se magrea desde hace unos meses, aunque la niña todavía no ha tenido el detalle de presentárselo, quizás temiendo que lo va a mandar a algún lugar de olor nauseabundo. Pero la niña-mujer o mujer-niña sabe lo que su papuchi está pensando...

—Papá, sé positivo: sobre mi teta sólo mando yo...
—Y el tonto la polla ese del Marianín...
—Sí, el tonto ese... Me encanta el respeto que le tienes a la gente.
—En mis tiempos...
—Tus tiempos se pudren en la noche de los tiempos, papi. Eres un antiguo y un carcamal, perdona que te lo diga... Tienes 56 años y yo 19. Nos separan 37 años de tecnología, de nuevas costumbres, de otra manera de entender la vida... Reconoce que los vientos de la historia y de la moda te han barrido y cosa será que algún año de estos no te obliguen a que te hagas un agujerito en cualquier lugar de tu cuerpo ya bastante pocho.

—¡Y una mierda!

Elenita, que así se llama la mozuela si usted no piensa otro nombre, se sienta en el sofá, coge el mando y busca un canal de cotilleo y mamoneo. O sea, uno cualquiera.

—Eres maleducado, papá, como todos los que teneis más de cincuenta añitos, o sea, los que fuistes niños del franquismo, luego soñadores de la nada y por último acabásteis como demócratas tardíos, votantes de la UCD, el PSOE o el PP: la casta.
—¿Quién te ha metido esos pajarracos en la cabeza?
—El profe de Ciencias Políticas, que es muy guay.
—Seguro que es del PCE, no te jode... En la universidad de mis tiempos todos eran del PCE.
—Es un tío joven, papi, no un viejales. No sé si se llama Julio Iglesias o Hugo Monedero. A todas horas nos está diciendo que PODEMOS.
—¡Jooodeeer! 

La hija encuentra la telecaca que buscaba y el padre eleva la mirada hacia el retrato de su santa esposa, muerta hace unos años por una larga y terrible enfermedad, como se dice en estos casos. Una lágrima furtiva amenaza con rodar por su arrugada cara pero se hace fuerte porque no quiere que su hija, a la que ama con toda su alma pero a la que no comprende en casi nada, se dé cuenta de que él es un sentimental. Y piensa para sus adentros más íntimos: no polemices porque llevas la de perder, agacha la cabeza porque estás coartando la libertad de tu hija, no tienes derecho a impornerle viejas costumbres troglodíticas y porque estás haciendo el panoli ya que los dineros para el agujero ese de la teta los has puesto tú, desgraciao, que para eso te levantas todos los días a las cinco de la mañana y regresas a casa a las siete de la tarde, para que la niña se haga agujeros y se pintorrojee donde le salga del moño. Quizás tenga razón la cría, carcamal, ahora se lleva lo del tatuaje y el piercing, pues es muy bonito eso de llevar una cagada de dibujo en la piel o enganchado un trozo de metal o de hojalata en los labios, lengua, moflete o seno.

—Elena, sólo te diré una cosa para que la pienses y reflexiones. No conozco ningún subsahariano de esos que llegan en pateras que vaya con piercing o tatuado.
—Eso demuestra que pertenecen a una civilización antigua y atrasada.

Eso le suelta la niña a su padre. Y él, que sabe que históricamente sólo las sociedades cavernícolas y retrógradas le han dado al triki-triki del dibujo en la piel y el agujereamiento, encima se tiene que callar porque es que la niña hace 1º de Ciencias Políticas y ya se cree que sabe más que él, cuya vida se le escapa echando horas y horas cada día para que ella pueda vivir como una reina. Pero su viejo orgullo de perdedor le hace farfullar unas últimas palabras.

—No os entiendo. Sois más blandengues que un flan y en cambio aguantáis el dolor que haga falta para poneros un dibujo o un agujero en el cuerpo. Y encima, si la cosa fuera bonita… ¿Pero a quién le puede gustar tener un clavo en la boca o un trozo de metal en la nariz?

Al día siguiente, a la niña le entró un dolor de teta que no veas, se le puso como si acabara de parir y el papuchi tuvo que salir con ella de prisa y corriendo hacia la clínica más cercana. De regreso, no dijo nada. Compró la pomada que recetó el médico, pagó con su dinero y dejó a la hija enganchada al televisor, que todo lo cura y oculta. Aquella noche ni durmió de los nervios de ver a su criatura pachucha y con unas décimas de fiebre. La chavala tampoco dijo nada. Se adueñó del mando a distancia, se puso a ver Gran Hermano  y se quedó frita a los diez minutos.

—Parece un ángel, la muy puñetera, pero no la entiendo, María, no la entiendo... Tú la hubieras comprendido mucho mejor que yo.

Un par de lagrimones rodaron entre las numerosas arrugas de su cara.


MI BANDERA

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SÁTIRA & IRONÍA

SÁTIRA & IRONÍA

"VIVIR SIN MI MÚSICA SERÍA IMPOSIBLE"

La música empieza donde acaba el lenguaje.
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